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LA INICIACIÓN – Parte 2

5 .- Luces… cámara… acción…   El striptease, empezó a calentar aún más el ambiente, yo sentía derretirme ante la mirada libidinosa del tipejo, pero eso me encantaba, me fascinaba, porque me iba dando la confianza suficiente para abalanzarme sobre su trabuco y empezar a masturbarlo y chuparlo…chuparlo hasta ponerlo bien, bien tieso…como un rabo erecto. Me fui quitando toscamente, primero el polo y luego la minifalda, dejando mostrarse la lencería blanca que tenía reservada para una ocasión como esa… Ese fue mi primer striptease, burdo y precipitado, sin ninguna delicadeza, sin una pisca de sensualidad, nada sexy , sin ningún erotismo…

Todo lo hice tan rápido que en unos segundos quedé con la lencería expuesta; dirigí velozmente mis ojos hacia su mirada, la que estaba exacerbada, cargada de lujuria, su visión penetrante me desnudaba completamente, nunca había observado a un hombre posando semejante mirada sobre mi… Yo sentía que me comía viva con esos ojos marrones, me devoraba la carne y hasta los huesos… entonces me dije para sí, dándome ánimo para seguir y no acobardarme para nada: “le ha gustado mi show, le gusta mi cuerpo, está fascinado con este culo que me manejo”, con la seguridad que tenía un buen culo; aunque mis tetas no eran justamente el plato fuerte que tenía para ofrecer, estaba convencida que también le gustarían. Sin perder el tiempo bajé ambas manos y con mis dedos recorrí el contorno de mi brasilera, como acomodándola y robando aún más su atención. Noté entonces que lo había logrado; su mirada ahora me penetraba como queriendo tocar mi panochita, rápidamente girá en media vuelta mostrándole la redondez de mis muslos y glúteos… Harris estaba en su punto, listo para comérmelo, listo para devorarle la pinga. Entonces abrí mis brazos mirándolo, invitándole a acercarse a mi. Sin ninguna objeción se quitó la camisa y los pantalones, dejando expuesta casi toda su anatomía; inmediatamente y sin pensarlo centré mi atención en su trabuco, mientras él se dirigía a sentarse al borde de la cama, dejando al mismo tiempo los pantalones sobre una silla. Aproveché para besarlo muy sugestivamente, él se puso en pie y empezó a recorrer lentamente con sus manos el contorno de mi cintura, mis muslos y todo mi culo… me sentía estremecer, la piel se me enchinaba, relajándose, excitándose, dejándose llevar al desenfreno.   Casi sin que me diera cuenta, con un suave pero rápido movimiento, había logrado quitarme el brasiere y mis tetas estaban descubiertas y totalmente excitadas, paraditas como delicadas agujas, listas para sentir el roce de su piel, de su carne, de aquella lujuria hecha hombre… Sus manos, que nunca cesaron de recorrer mi cintura, se deslizaban ahora hasta mi brasilera, sentía que me la estaba quitando; cuando casi por acto reflejo realicé un tirón hacia abajo y me solté evitando que él terminara con su afán de desnudarme y tenerme ya calatita.

6.- Una ligera decepción …  La pinga que tenía en mis manos, no se aproximaba ni remotamente a las dimensiones de las que tantas veces oí hablar a mis amigas; tenía tal vez unos 5 ó 6 centímetros, eso me cargó de una decepción un tanto extraña. Él, que había notado mi desencanto, un poco avergonzado me dijo : “tranquila, no soy aventajado”, y luego, como justificándose agregó : “¿Sabes que una pinga flácida cuando se pone bien dura puede crecer hasta 7 veces su tamaño ? … Yo no respondí, estaba muy desilusionada, aún así me dispuse a chupar esa ridícula vaina. Sentada sobre su muslo izquierdo hice un doblez sobre mi abdomen para poder alcanzar ese babeante y ridículo falo; unas cuantas chupadas y me cansé en esa posición, estaba ya incómoda. Bajé de su muslo y sobre el piso me senté en cuclillas, él acostado dejaba expuesto su falo muy cerca de mi boca… Ahora con mejor comodidad empecé a masturbar esa verga y chuparla, limpiando todo el semen en el que se había embarrado a sí misma; saboreando por primera vez esa leche de los hombres, ese manjar del que mis amigas comentaban y se ufanaban de haberlo probado antes de los catorce. De pronto, él se sintió muy complacido y me dijo : ”Eso es… eso es… qué rico me comes la verga mi puta… ¿ Te gusta la pinga conchetumadre eh ? … ah mierda, te gusta la pinga no? ¡ Conchetumadre, cómo te gusta comer verga ! … ah mierda “… La verdad que me aturdió esa forma de tratarme, confieso que me incomodó bastante. Estaba a punto de dejar de mamar esa webada y mandar todo a la mierda cuando noté que esa pinga estaba creciendo y ya tenía el doble del tamaño que había visto en un principio, así que pasé por alto el lenguaje burdo y estúpido que acababa de oir y empecé a cornetear con mayor frenesí … chupaba y masturbaba a la vez, chupaba y masturbaba… Mi boca se cargaba poco a poco de leche y abundante saliva; por la comisura de mis labios empezaba a chorrear el semen, deslizándose por mi cara, por mi cuello, desde donde una parte goteaba cayendo al piso y otra seguía deslizándose hasta mi pecho; sentí que mis tetas se empapaban con ese líquido viscoso, con esa extraña leche que empezaba a gustarme por su muy particular sabor. Entonces decidí no desperdiciar una gota más de ese manjar y cerrando fuertemente los ojos me tragué el primer sorbo… fue maravilloso, ¡ Quién lo hubiera imaginado !, “¡Qué rica leche !, ¡ Qué rica pinga ! ” Dije sin quererlo en voz alta… “¡ Ah mi puta !, ¡Cómo te gusta la pinga! Conchetumadre ” dijo él… Yo asentí respondiendo : “ Me encanta, me encanta ”.

Después de tocar corneta unos 15 minutos, esa pinga sorprendentemente había crecido al triple de su tamaño y pasaba la longitud de un lapicero, por supuesto con mayor diámetro.   Al principio me comía toda la verga sin ninguna dificultad, ahora me atoraba al comérmela, pasaba del fondo de mi boca y si intentaba pasarla más allá de mi paladar con toda seguridad se me venía el reflejo de vomitar y hasta podía malograr esa caliente cita que ya estaba viviendo con mucho entusiasmo.   Me había puesto feliz, ahora si, con esa pinga que a mi vista alcanzaba con toda justicia los 18 centímetros, estaba muy dura como acero y caliente como fierro al rojo vivo… Mi coñito ya estaba mojadito esperando que lo rompan, que lo abran, que lo revienten… esperando para devorarse una pinga por primera vez. Nuevamente tuve unas ganas locas de chupar esa pingaza, ese ídolo al cual adoraría toda mi vida. Apreté ligeramente con mis labios la cabeza de la pinga, la succioné y empecé a jalarla, mientras masturbaba el resto de la picha; metía y sacaba la verga de mi boca en giros y movimientos cadenciosos haciéndola aparecer y desaparecer dentro de mi cavidad; mis labios tocaban un momento la cabeza y otro momento la base de aquel dildo, deslizándose de un extremo a otro con suma facilidad sobre ese jugo que servía como lubricante. Me volvía loca en cada vez que me la comía … Mi boca se llenaba de saliva y de semen, pero ya no estaba dispuesta a dejar caer ni desperdiciar ni una sola gota de ese rico, exquisito y lechoso jugo; de ese elixir que da vida, deseo, lujuria y pasión; de esa rara leche que producen los hombres, mágico brebaje, sabroso manjar de los dioses del que tanto me hablaron mis amigas y con justa razón ahora reconocía que decían la verdad… Era tan especial que me apetecía seguir pegada a esa verga que me alimentaba con ese jugo narcotizante que me parecía interminable; que me daba de beber esa esencia natural de la vida, el manjar más exquisito que había probado desde este momento que tenía entre mis labios carnosos esa rica y maravillosa picha, ese juguete de carne que llevan todos los machos en la juntura de sus muslos, por el que las chicas enloquecemos hasta el punto de eliminar a cualquiera que quiera quitárnoslo. Ahora entiendo porqué hay tantas chicas que se desesperan cuando no tienen un hombre que las esté cachando siquiera una vez por semana, porqué se ponen neuróticas, porqué sufren terribles crisis de histeria, porqué viven con un pésimo estado de humor… tan sólo porque no gozan de ese manjar de los dioses que las tranquiliza, que las desestreza, que regula sus emociones, que las vuelve dulces, adorables, sociables, de muy buen trato… todo por una buena verga y su narcótico jugo exótico. Ahora también entiendo que una mujer vive tranquila mientras nunca pruebe una verga, mientras no la sienta en su boca, mientras no trague su espesa y pegajosa leche, mientras no experimente el gozo de ser penetrada… siempre estará tranquila. Pero si ya probó una buena picha, se sumirá en un mundo de desesperación, histeria y neurosis.    El día que le falte ese manjar que enajena la mente y el cuerpo, que llena de gozo y satisfacción, que carga de ricas emociones y de un placer de lo más exquisito cada milímetro de la piel de la mujer, que la llena de tanta tranquilidad y equilibrio emocional… eso es una buena pinga, una rica verga, un trabuco como el que tenía en mi boca y que no tenía ni la más lejana idea de dejarlo pasar… tenía que gozármelo, tenía que disfrutarlo al máximo, tenía que comérmelo enterito.

7.- Mameluco como una profesional…   La pinga golpeaba el fondo de mi paladar, atravesándolo hasta tocar la úvula, en cada golpe sentía que me atoraba con ese pedazo de carne, pero seguía y seguía tocando como una gran concertista esa corneta, desesperada y a la vez ansiosa por dejar totalmente secos esos huevazos de Harris, aquel pendejazo que iba a gozarse con mi piel, con todo mi cuerpo, con mis tetas, con mi panochita.    Mi lengua también hacía su trabajo envolviendo el cuerpo de la verga, llenándola de ese rico lubricante que salía de la mezcla entre el semen de Harris y mi saliva.   La recorría formando ondas contorneantes, con trazos helicoidales al ritmo del vaivén interminable.    Lamía y lamía sin parar, sin descanso, esa rica picha que se me ofrecía como un postre de lo más extraño, pero muy sabroso. Entonces, muy curiosa, se me ocurrió chupar esos huevos que también se habían tornado redonditos y mas oscuros a medida que su dueño se fue excitando; fue ahí, en ese punto que escuché el gemido de placer de mi amante ocasional y deduje que eso le encantaba; así que continué un buen rato en esa afición, disfrutando intensamente los gritos que él hacía. Me tragué completamente uno de los huevos y empecé a succionarlo con cierta fuerza, como si se tratara de un chupetín, redondito, blandito, como una gomita fruyelé; luego pasé al otro testículo y le hice lo mismo. Era la primera vez que escuchaba los jadeos de un hombre real, antes los había escuchado en tantas películas porno que tuve que visionar, cuando acudía a las reuniones subidas de tono en casa de Bettina; pero yo sabía que eso era pura actuación, con mucha exageración por supuesto. Ahora escuchaba por primera vez gemidos reales, la realidad superaba a la ficción y se volvía mil veces más excitante que una vulgar película. Mi coñito empezaba ya a pedirme pinga con mucha exigencia, quería sentir cómo ese falo era capaz de penetrarlo, quería sentir aquello que ya estaba tan duro como el acero.

Adivinándome el pensamiento, Harris extendió sus manos hasta mi brasilera y sentí que me la empezó a bajar sin niguna delicadeza. El calzón se deslizó hasta las rodillas, en ese punto tuve que soltar esa rica pinga, dejándola escapar del interior de mi boca; para ayudarle en la faena de terminar por desvestirme. Levanté una pierna y luego la otra para terminar de quitarme la brasilera, quedando totalmente libre de ropa que cubra mi joven cuerpo, calatita y lista para ser reventada, penetrada, cachada… me quité los zapatos y me volví a inclinar sobre él, para continuar chupándole ese ídolo de carne… ese dios mundano al que adoramos fervientemente las chicas que sabemos lo que es una mujer de verdad.   Las grandes manos de Harris se posaron toscamente sobre mis glúteos y empezaron a jalar hacia los costados de mi cadera abriéndome el culo en dirección de la filmadora de tal manera que se mostraba en primer plano toda mi intimidad, mis dos huequitos frescos y nuevecitos.   En el viejo televisor se mostraba con claridad mi ano aún cerradito y mi vulva mojadita con los labios ligeramente dilatados. Yo también podía verlo en el reflejo que me mostraba ese espejo detrás de él; fue una sensación eléctrica, muy extraña, pero también muy gratificante, pues me excitó tanto que me sentí lista ya para ser penetrada en esa tarde que con toda seguridad sería inolvidable para ambos… Además la estábamos registrando en una muy especial grabación, que Harris me prometió también dármela como recuerdo de aquella mi primera vez.

Harris me subió sobre la cama y acostándome de lado, un poco detrás de él, cogió mi cabeza como si se tratara de una pelota y dirigió mi boca nuevamente hasta su falo, casi forzándome a continuar con ese solo de trompeta que tanto le había encantado, yo no opuse ninguna resistencia y también encantada empecé a chupar nuevamente esa verga que me llenaba de lujuria y un deseo carnal cada vez más intenso por ser atravesada hasta lo más profundo, hasta lo más recóndito de mi cavidad vaginal. Yo por supuesto quería seguir adorando a ese pedazo de carne que me tenía embobada, parecía que cada vez se ponía más dura y gruesa mientras más la chupaba, mientras más le ofrendaba mamadas con mucha suavidad, pues creo que se trata de un aparato al que hay que tratar con extrema delicadeza, con suavidad, con cariño, y porque con toda seguridad en unos instantes me iba a prodigar el deleite más grande que una mujer puede imaginar y desea gozar.     La cabeza quedaba cargada de jugo cada vez que la sacaba por mis labios, el líquido discurría por el cuerpo cavernoso del pene y al comérmelo no desperdiciaba una sola gota, volvía a mi boca al tragarme otra vez ese trabuco que hacía el papel de paleta al batir la mezcla que aumentaba de volumen en la cavidad de mi boca; aumentaba y se enriquecía con más saliva mía y más semen de aquella deidad sexual. Yo me sentía como la más golosa del mundo, superando con creces a toda enseñanza que haya recibido de mis “pinky friends”. Cómo me gustaría volver a encontrarlas para volver a hablar del asunto y sin ningún recato demostrarles que ahora son “ nada ” ante mi capacidad para ejecutar esos prodigiosos solos de trompeta, esos mamelucos de fantasía con los que hago delirar a los hombres, mi versatilidad para adaptarme a los gustos posturales al momento que me toca ser penetrada, y mi habilidad para moverme como bailarina de kizomba cuando estoy sentada y con la verga bien adentro, encima de mi amante. De pronto, con un giro veloz, Harris me ubicó acostada en la cama sobre mi dorso, con las piernas bien abiertas y apuntando mi coñito hacia la cámara; luego él se acomodó sentado al lado de mi pierna izquierda y empezó a violentar mi vulva con sus dedos, con esas maravillosas manos… maravillosas porque hacían un trabajo de invasión suave, lento y con mucha delicadeza. Primero lo hizo con un dedo, realizando giros con contorneantes movimientos de su mano y metiéndolo poco a poco hasta el tope, luego con los dos dedos, con tres y con cuatro y con toda la mano… Jamás había imaginado, ni se me había pasado por la cabeza un poquitín siquiera que una mano pudiera alcanzar en mi vulva, en mi coñito.  Me sentía llena y con el coño expuesto, listo para ser reventado, listo para que una buena pinga empiece a romperlo, a desangrarlo… sus mágicos dedos se deslizaban majestuosamente con las paredes de mi vagina, mientras el pulgar afuera frotaba en círculos mi clítoris que estaba a punto de estallar en un remolino de sensaciones de alta tensión …

CONTINUARÁ – Próximo capítulo 3


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